Descanse en paz
Hoy murió mi lámpara. Y yo presencié el hecho. Fue triste verla ahí toda desganada apoyada contra a pared como pendiendo tan solo de un cable. Cabe aclarar, para los que no conocen mi cuarto, que esta era una preciosa lámpara dorada unida a una bella tulipa de vidrio (lechoso y opaco) que le daba un aire Romántico al santuario en que convertí a mi cama. Una base redonda tan dorada como su cuerpo la unía a la pared tan solo unos 30 cm por encima de mi cabeza acostada sobre la almohada, 23 si la almohada la doblaba en 2 para poder leer o mirar televisión mejor. Desde allí era guardiana de mis sueños, mis secretos, mis noches de estudio y mis trasnoches de películas.
Yo tendría que haber visto las señales. Ya hacía un tiempo que estaba rara, giraba su pequeña tulipa hacia un lado y el otro, sostenida por un eje invisible a mis ojos, escondido detrás del resplandor fosforescente que emitía su luz amarilla, blanca después del cambio de foco que tuve que hacer de urgencia la otra noche, cuando a pesar de que el interruptor la invitaba a realizar su trabajo, no quería. Me acuerdo que desenchufé su fuente de energía y la volví a enchufar con el fin de comprobar si el tomacorrientes blanco fallaba, no hubo caso. Cambié el pequeño foco esférico que con tanta armonía combinaba con su vestido de gala y lo tuve que reemplazar por uno de esos de bajo consumo, a los que se le ven las entrañas, tienen más vueltas que lo normal y una luz blanca-celeste que enerva los sentidos y hacen de mi santuario una nave espacial. Supongo que nunca terminó de caerle bien, y si estamos en momentos de confesiones: a mi tampoco.
Pobre lámpara. Quizás sospechaba los cambios que se avecinaban. Si. Ella desde su palco privilegiado observó gran parte de mi vida y supo que ya el año que viene no iba a estar con ella. Las lámparas notan esas cosas. Capaz por eso últimamente se esforzaba en hacer brillar las pegatinas que están en el cielo raso justamente arriba de mi cama, a la altura de mi cabeza y que hacen de mi techo un cielo verdoso que consta de 6 estrellas (una anormalmente rosa) y 2 lunas. Intentaba pedirme que me quedara. ¡¿Qué lámpara te pide eso?!. La mía es una ídola.
La cuestión es que todavía está así, colgando del blanco cable que hace juego con el blanco tomacorriente, ladeada sobre la pared que antes solía iluminar y ahora le sirve de triste cojín. Estoy segura de que si oprimo el interruptor, una débil luz blanquecina (luz que las dos odiamos) va a desprender, eso si, la fuerza y la vitalidad que alguna vez tuvo mi lámpara no estarán. Y ese maldito foco me mostrará, de una vez, con su maldita luz azul, que mi lámpara no es la de siempre y que en vez de alumbrar mi almohada, apunta hacia la repisa.
Hoy se murió mi lámpara. En realidad perdió un tornillo y por esto muchos la llamarían loca. Que triste ejemplo de que los locos ven el mundo desde otras perspectivas, ya sea en este caso una repisa.
Mejor voy a la ferretería.

